hacia una fauna mundial
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hacia una fauna mundial



Los ecosistemas son complejos de especies interdependientes dentro del entorno físico que ocupan.
Las interacciones entre estas especies son muchas veces sutiles y la integración de sus papeles es perfecta. Sólo conociendo estos complejos pueden descubrirse sus intrincados detalles. Por desgracia, la destrucción del ecosistema es el resultado más frecuente cuando el hombre introduce especies extrañas.
Un número relativamente reducido de plantas y animales corrientes sustituye a una multitud de especies nativas y especiales que han evolucionado unidas, lo que empobrece la biodiversidad del planeta y la enorme variedad de formas de vida que hay dentro de cada ecosistema e interfiere en sus relaciones.

Las especies y los ecosistemas continentales son en general más resistentes que los de las islas. Sus poblaciones suelen incluir un número más alto de individuos y las especies suelen ser más variadas.
En consecuencia, es posible que haya una reserva de seres inmigrantes capaces de recuperar una población local extinta. Sin embargo, los ecosistemas de tierra firme no son en modo alguno invulnerables a las invasiones de fuera.
El gorrión europeo supone hoy una grave amenaza en las regiones templadas de África, Australia y las dos Américas, donde provoca daños considerables en las cosechas y sale victorioso de la lucha por el alimento y los nidos contra las aves nativas.

La nutria, un carnívoro acuático introducido conscientemente en la parte meridional de América del Sur, escapó de las granjas y hoy vive en estado salvaje en América del Norte y Eurasia, donde desplaza a otros animales nativos, destroza las marismas y los arrozales, y destruye diques y bancales con sus madrigueras.
En una excepción más a la regla de que las plagas más agresivas proceden del Viejo Mundo, la rata almizclera de América del Norte duplicó el tamaño de su ya amplia zona de acción tras su llegada a Eurasia, donde fue introducida a principios del siglo XX.

Muchas especies se subdividen en dos o más subespecies adaptadas a las condiciones concretas de los lugares en los que habitan. El hombre simplifica y homogeneíza la biota del mundo cuando implanta individuos de una clase en el hábitat de otra.
Esto ocurre especialmente con los animales apreciados para la caza o por su piel. En las poblaciones híbridas genéticamente indiferenciadas que resultan desde el salmón, la trucha y la perca hasta el faisán de collar, el jabalí, el ciervo, la liebre de rabo blanco y el zorro rojo, las características especiales de forma y conducta que permitieron a los animales originales adaptarse a su entorno pueden haberse perdido irremisiblemente.

No sólo las especies autóctonas sino también las naturalizadas pueden sufrir la degradación genética de especies foráneas competitivas. Las abejas europeas domesticadas, por ejemplo, se llevaron deliberadamente a América, donde pronto se apreciaron como polinizadoras de plantas cultivadas y salvajes.
Estas abejas, que habían evolucionado en la zona templada, estaban genéticamente programadas para producir grandes cantidades de miel durante el invierno, pero no lograron prosperar con el calor y la humedad invariables de los trópicos americanos.
Para solucionar este problema, los apicultores brasileños importaron abejas africanas para cruzarlas con las de allí, pero el experimento se volvió contra ellos, pues las agresivas abejas africanas dominaron a las residentes y los apicultores no encontraron el modo de controlarlas.
Como procedían de los trópicos, donde no hay invierno, las abejas africanas no acumulaban miel, y transmitieron esta característica negativa a su progenie híbrida. Estas abejas africanizadas, llamadas abejas asesinas, desde entonces se han propagado desde Brasil por las áreas tropicales y subtropicales del Nuevo Mundo y han sustituido a las benignas y productivas abejas de ascendencia europea.


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